Lo que él no sabía (Noviembre jamás permitiría que llegase a su conocimiento) era que en el fondo el instinto siempre resultaba más fuerte que la necesidad, y que su decisión de no pronunciarse en ciertos aspectos respondía, simple y llanamente, al sentimiento de responsabilidad que conllevaban. Que si aquel día en las escaleras se hubiera dejado volver a ser una mujer gato a todos los efectos, las cosas hubieran sido completamente distintas. Que habría apagado su sed a base de saliva, habría tocado cada nota de piano sobre sus costillas astilladas después de tantos golpes que le dio la vida.
Pero todos sabemos que Noviembre es, probablemente, el animal menos irracional que existe. Así que entró en casa, cerró la puerta a sus espaldas y,mientras observaba a través de la ventana el último ápice de sombra desapareciendo al girar la esquina, respiró hondo una sola vez.
El equilibrio es imposible, pero tratar de encontrarlo supone renunciar a ciertos placeres. Sorprendentemente, Noviembre parece tener escrúpulos.

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