Noviembre está enferma.
Se ha quedado sin voz.
Se acercó de madrugada a mi cama y me tocó el hombro suavemente hasta que me arrancó de mi último sueño. Incluso en la penumbra, apenas enturbiada irónicamente por la luz de gas que se colaba por las rendijas de la ventana, me percaté de que sus ojos parecían fríos y apagados. Allí, en mitad de la noche, la silueta de Noviembre se recortaba entre las sombras volubles, tenuemente rodeada por un halo de desesperación que me oprimió el pecho sin piedad hasta que me faltó el aliento. La habitación se expandió al tiempo que tomaba una bocanada de aire para liberarme de aquella desagradable sensación, y al contraerse de nuevo me pareció escuchar un chasquido, como un engranaje que se hubiera atascado. Sentí la respiración entrecortada de Noviembre cerca de mi mejilla, y un inmenso vacío a nuestro alrededor, en la escasa pero insalvable distancia que nos separaba, al otro lado de aquella paredes de escayola que sabían más que nadie de tragedias y acertijos. Y el silencio, el denso silencio. Como si hubieran olvidado darle cuerda al mundo.
Así que allí estábamos las dos, incapaces de reaccionar, buscando desesperadamente la forma de superar la barrera que nos impedía deshacernos en brazos ajenos. Quise abrazarla, Dios sabe que quise, y estoy segura de que Noviembre habría llorado de haber sido capaz. Pero fuese lo que fuese aquello que la había traído a mi habitación me impedía ofrecerle cualquier tipo de contacto físico. Yo temblaba de miedo. Ella se llevó una mano al pecho. Su corazón chirriaba, en serio. Después se dejó caer suavemente hasta quedar tumbada junto a mí, rodeándose el torso en un amago de defensa.
Esta noche Noviembre ha sido más etérea que nunca, y yo la he abrazado como si fuera (de) aire.
Noviembre está enferma.
Otro suicidio emocional.

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